En 1972, un físico de Stanford le demostró a un analista de la CIA que podía describir, desde una habitación blindada en California, el interior de una instalación militar soviética que nunca había visto. El analista volvió a Langley con las notas. Y la CIA abrió un programa secreto que duraría veintitrés años.

No es una historia de ciencia ficción. No es una leyenda urbana. Es un programa federal documentado, financiado por el Congreso de los Estados Unidos, cuyos archivos desclasificados están disponibles en el National Security Archive de la Universidad George Washington. Se llamó, en su fase final, Proyecto Stargate. Y lo que encontraron dentro de esos archivos es más perturbador que cualquier versión conspirativa que hayas escuchado — precisamente porque es más ambiguo, más riguroso y más imposible de descartar de un plumazo.

El origen formal del programa es rastreable hasta un memorando interno de la CIA fechado el 29 de agosto de 1972. El documento, hoy desclasificado, registra el interés de la agencia en los trabajos de Russell Targ y Harold Puthoff, dos físicos del Stanford Research Institute (SRI) que habían comenzado a investigar un fenómeno que llamaban remote viewing — visión remota — con un sujeto de prueba llamado Ingo Swann.

Swann era un artista nacido en Colorado que desde los años sesenta colaboraba con investigadores parapsicológicos en Nueva York. Lo que lo hacía inusual no era que afirmara tener poderes especiales — eso lo hacía cualquier charlatán — sino que sus descripciones de objetivos distantes eran lo suficientemente precisas y lo suficientemente replicables como para que dos físicos con formación experimental consideraran que valía la pena documentarlo.

Puthoff era doctor en Ingeniería Eléctrica por la Universidad de Stanford. Targ había trabajado en investigación de láseres. Ninguno de los dos era, en el vocabulario estándar del escéptico, un crédulo. Y sin embargo, lo que vieron en sus primeros experimentos con Swann los llevó a solicitar financiamiento federal para continuar.

La CIA aprobó el primer contrato en 1972. El programa operó bajo distintos nombres a lo largo de dos décadas: SCANATE, GONDOLA WISH, GRILL FLAME, CENTER LANE, SUN STREAK, y finalmente STARGATE, que es el nombre bajo el cual se conoce todo el archivo. Operó simultáneamente bajo la supervisión de la CIA, la Defense Intelligence Agency (DIA) y, en distintos períodos, el Army Intelligence and Security Command (INSCOM).

El presupuesto total acumulado entre 1972 y 1995 fue de aproximadamente veinte millones de dólares, según los documentos de apropiación disponibles en el archivo desclasificado. En términos de 2025, eso equivale a algo cercano a cien millones de dólares. No es una partida marginal. Es el costo de un programa que la comunidad de inteligencia de los Estados Unidos consideró, durante dos décadas y bajo cuatro administraciones presidenciales, lo suficientemente prometedor como para seguir financiando.

Imagen de archivo del Stanford Research Institute en 1974, edificio exterior con cartelería institucional visible
El Stanford Research Institute (SRI) fue el centro de investigación donde Targ y Puthoff desarrollaron los protocolos iniciales de visión remota entre 1972 y 1985. Los contratos con la CIA se mantuvieron clasificados durante más de dos décadas.

Los experimentos básicos de visión remota seguían un protocolo estandarizado. Un “visor” — el sujeto experimental — era colocado en una sala aislada sin información sobre el objetivo. Un “agente” se desplazaba a una ubicación geográfica aleatoria, elegida de un conjunto sellado de sobres. El visor debía describir, mediante palabras y dibujos, lo que el agente estaba viendo. Las descripciones eran luego evaluadas por jueces independientes que intentaban hacer coincidir cada descripción con su objetivo correcto dentro del conjunto.

Este protocolo, diseñado específicamente para eliminar sesgos de confirmación y contaminación sensorial, fue publicado por Targ y Puthoff en 1974 en la revista Nature — una de las publicaciones científicas con mayor estándar de revisión del mundo. El artículo generó una controversia inmediata. Pero fue publicado.

Lo que hace al Proyecto Stargate diferente de cualquier otra historia sobre fenómenos paranormales que hayas leído es esto: en ningún otro caso existe un cuerpo de documentación gubernamental de esta magnitud que registre, con metodología experimental controlada, resultados que los propios evaluadores no pudieron explicar como azar.

El punto de inflexión más importante en la historia del programa llegó en 1995, cuando la CIA encargó una evaluación independiente final al American Institutes for Research (AIR). El encargo era claro: revisar todo el archivo experimental acumulado en veintitrés años y emitir un veredicto definitivo sobre si el programa valía la pena continuar.

El AIR designó a dos evaluadores principales. El primero fue Ray Hyman, psicólogo de la Universidad de Oregón y escéptico declarado, conocido por su trabajo desmontando afirmaciones paranormales. El segundo fue Jessica Utts, estadística de la Universidad de California en Davis, especialista en el análisis de fenómenos de baja señal en datos experimentales.

Sus conclusiones fueron publicadas en septiembre de 1995 y están disponibles en el archivo desclasificado. Y aquí es donde la historia se complica de una manera que ningún titular ha capturado correctamente.

Hyman y Utts no estuvieron de acuerdo.

Utts concluyó — en términos estadísticos formales, con los cálculos incluidos en el informe — que los resultados del programa superaban el nivel de azar de manera estadísticamente significativa. Su evaluación central: «los efectos son reales. La pregunta ya no es si el fenómeno existe, sino cómo funciona». Esto no es una cita tomada fuera de contexto. Es la posición oficial de la estadista designada por el gobierno para evaluar el programa.

Los resultados del programa de visión remota no pueden explicarse por azar. La magnitud del efecto es comparable a la de otras áreas de investigación psicológica que se aceptan sin controversia.

Jessica Utts, An Assessment of the Evidence for Psychic Functioning, AIR, 1995

Hyman, el escéptico del equipo, llegó a una conclusión distinta — pero más matizada de lo que se reportó. Hyman no dijo que los datos fueran falsos. Dijo que había «problemas metodológicos» en los experimentos que impedían llegar a conclusiones definitivas. Reconoció explícitamente que «los resultados no son simplemente ruido» y que «el efecto estadístico es real». Su objeción no fue al número, sino a si ese número podía atribuirse a lo que Utts decía que era.

Es una distinción que la mayoría de los reportes sobre Stargate ignoran completamente. El debate entre los dos evaluadores no fue entre «existe» y «no existe». Fue entre «el efecto es real y es psíquico» y «el efecto es real y todavía no sabemos qué es».

Esto importa. Importa mucho.

Porque si el debate fuera simplemente entre creyentes y escépticos, se podría descartar cómodamente. Pero cuando dos evaluadores externos, uno escéptico declarado y uno neutro, revisan los mismos datos y ambos concluyen que el efecto estadístico es real — aunque disienten sobre su interpretación — el problema no desaparece. Se vuelve más interesante.

Los datos que Utts analizó no eran únicamente los del SRI. Incluían los experimentos realizados en la Science Applications International Corporation (SAIC), un contratista de defensa que continuó el trabajo desde mediados de los años ochenta bajo la supervisión directa de la DIA. El investigador principal en la SAIC era Edwin May, físico nuclear con doctorado de la Universidad de Pittsburgh, quien había trabajado en el programa desde 1976.

May condujo lo que se conoce como los experimentos de “free response” — respuesta libre — en los que los visores no elegían entre opciones predefinidas sino que describían libremente el objetivo. Los análisis estadísticos de estos experimentos, publicados por May en el Journal of Parapsychology en 1996, mostraban una tasa de coincidencia correcta del orden de 0.0001 bajo la hipótesis nula — es decir, una probabilidad de uno en diez mil de que los resultados se debieran al azar.

Para contexto: en investigación farmacológica, un nivel de significancia estadística de 0.05 — uno en veinte — es suficiente para aprobar un medicamento.

La CIA cerró el programa de visión remota no porque los datos fallaran, sino porque los datos funcionaban y nadie sabía por qué.

El uso operacional del programa es el capítulo más documentado y, simultáneamente, el más difícil de evaluar. Entre los casos que aparecen en los archivos desclasificados hay varios que los analistas de la DIA calificaron como «información de inteligencia accionable». Tres ejemplos recurrentes en la literatura académica sobre el programa:

En 1979, un visor llamado Joseph McMoneagle — que llegó a ser conocido como el “Visor Uno” del programa — describió una instalación soviética en Severodvinsk que resultó ser un astillero de construcción de submarinos de nueva generación. La descripción incluía dimensiones aproximadas de la estructura, configuración de grúas y la presencia de un objeto sumergido de grandes dimensiones. Los analistas de la DIA que compararon la descripción con imágenes de satélite obtenidas semanas después la calificaron como «notablemente precisa».

En 1981, durante la crisis de los rehenes de la embajada de Irán, el programa fue consultado para intentar ubicar la posición de Richard Queen, uno de los rehenes liberados por razones médicas. Las descripciones producidas por los visores, según el informe de evaluación posterior, contenían detalles geográficos verificables sobre la zona de Teherán donde Queen había estado retenido.

En 1988, la DIA utilizó información del programa en la búsqueda de Noriega en Panamá. El grado de utilidad operacional de esa información es objeto de disputa entre los documentos disponibles: un memorando interno la califica como «útil como punto de partida»; otro como «insuficiente para acción directa».

Dibujos a lápiz de estructuras geométricas y anotaciones manuscritas sobre papel cuadriculado, estilo de archivo militar de los años 1970
Los visores del programa producían sus descripciones mediante texto manuscrito y dibujos. Parte de este material fue incluido en los archivos desclasificados disponibles en el National Security Archive.

El propio McMoneagle, que llegó al grado de Warrant Officer en el Ejército antes de retirarse del programa en 1984, ha descrito en detalle cómo funcionaba el proceso desde su perspectiva. Sus memorias, Mind Trek (1993) y The Stargate Chronicles (2002), ofrecen el relato más granular disponible desde el interior — con la advertencia obvia de que es un testimonio personal, no documentación verificable.

Lo que sí es verificable — y esto no ha recibido suficiente atención — es el tipo de objetivo que el programa nunca pudo abordar de manera confiable. Los archivos internos de evaluación de la DIA registran con consistencia que la visión remota fallaba sistemáticamente en dos categorías: información alfanumérica (números, fechas, nombres específicos) e información dinámica en tiempo real (lo que alguien está haciendo en este momento, no cómo es el lugar donde está).

Esto es extraordinariamente específico como patrón de falla. No es el patrón que se esperaría si los resultados fueran simplemente fraude o sugestión: un fraude eficaz tiende a fallar de manera aleatoria, no de manera consistente en categorías concretas. El patrón sugiere que, sea lo que sea lo que estaba ocurriendo, obedecía a reglas propias que los investigadores empezaban a mapear sin entender.

El debate académico sobre el Proyecto Stargate no terminó en 1995. De hecho, la desclasificación del archivo generó una segunda ola de análisis que continúa hasta hoy.

La posición más articulada del campo escéptico fue desarrollada por Ray Hyman en una serie de artículos publicados en el Skeptical Inquirer entre 1996 y 1999. El argumento central de Hyman no es que los datos sean fraudulentos sino que los protocolos experimentales, a pesar de su sofisticación, contenían «canales de fuga sensorial» que podrían explicar los resultados sin necesidad de invocar ningún mecanismo no convencional. En particular, Hyman señalaba que en algunos experimentos la secuenciación de los ensayos no había sido suficientemente aleatorizada, lo que permitía a los visores hacer inferencias estadísticas implícitas sobre qué objetivos probablemente no habían aparecido ya.

Esta objeción es técnicamente válida para un subconjunto de los experimentos. El problema, como señaló Utts en su respuesta (1996, Statistical Science), es que incluso eliminando del análisis los experimentos con protocolos cuestionables, el efecto residual en los experimentos metodológicamente limpios seguía siendo estadísticamente significativo.

El psicólogo Daryl Bem, de la Universidad de Cornell, publicó en 2011 en el Journal of Personality and Social Psychology un metaanálisis de experimentos de percepción extrasensorial que incluía datos del programa Stargate. El artículo, que fue sometido al mismo proceso de revisión por pares que cualquier otro trabajo publicado en esa revista, encontró un efecto acumulado con una probabilidad menor a 1 en 74.000 millones de deberse al azar. La controversia generada por la publicación fue, según el propio Bem, uno de los debates metodológicos más productivos de la psicología experimental de la última década — independientemente de lo que el efecto significara.

Dean Radin, científico jefe del Institute of Noetic Sciences (IONS) desde 2001, ha publicado varios metaanálisis del archivo experimental del programa Stargate que convergen en la misma conclusión estadística que Utts: el efecto es real, su magnitud es modesta pero replicable, y no tiene explicación dentro del marco de referencia actual. Radin sostiene que el modelo más parsimonioso para el efecto es alguna forma de «correlación no local» entre sistemas cognitivos — un lenguaje deliberadamente tomado de la mecánica cuántica, aunque la conexión entre ambos fenómenos sigue siendo especulativa.

La posición de la comunidad de inteligencia después del cierre del programa ha sido, en términos oficiales, minimalista. En una declaración de 1995, el Director de la CIA, John Deutch, describió el programa como «sin valor operacional demostrado» — una formulación que los críticos han señalado como técnicamente compatible con los datos, en tanto ningún caso operacional fue nunca atribuido exclusivamente a información de visión remota. La DIA, en sus propias evaluaciones internas parcialmente desclasificadas, usó consistentemente lenguaje más cauteloso: «utilidad operacional limitada pero no cero».

Hay una capa del archivo Stargate que merece atención separada: lo que no está allí.

El proceso de desclasificación de 1995 fue parcial por diseño. Los documentos liberados bajo la Ley de Libertad de Información representan, según estimaciones de investigadores que han trabajado con el archivo completo, aproximadamente el sesenta por ciento del material total generado por el programa. El resto permanece clasificado bajo categorías que el gobierno no ha especificado públicamente.

Una lectura alternativa de la historia oficial podría sugerir que el programa fue cerrado no por falta de resultados sino precisamente por sus resultados. Bajo esta interpretación, el cierre público en 1995 podría haber coincidido con una transición hacia operaciones más reservadas que no requerirían supervisión del Congreso. Los precedentes para este tipo de transición existen en la historia documentada de la CIA — el programa MK-Ultra, por ejemplo, fue oficialmente terminado en 1973 pero continuó bajo distintos nombres hasta al menos 1977, según las investigaciones del Comité Church.

Esta lectura, si fuera correcta, implicaría que la evaluación del AIR en 1995 cumplió una función diferente a la que parecía: no era el veredicto final sobre el programa sino la pantalla detrás de la cual algo distinto continuaba. Los documentos disponibles no confirman ni desmienten esta hipótesis. Lo que sí está documentado es que varios de los investigadores y visores principales del programa — incluyendo a Edwin May y a Joseph McMoneagle — continuaron trabajando en proyectos de investigación adyacentes financiados por fuentes no gubernamentales identificables en los años posteriores al cierre.

Otra lectura alternativa, también documentada de manera indirecta, señala hacia la geopolítica del cierre. El programa fue finalizado en el momento en que la amenaza soviética — su justificación original — había desaparecido. Algunos analistas, incluyendo al historiador de inteligencia Jeffrey Richelson en The Wizards of Langley (2001), han argumentado que la decisión de cierre fue primariamente presupuestaria y política, no científica. Bajo esta lectura, la evaluación del AIR fue convocada con el resultado ya decidido — no para determinar si el programa funcionaba, sino para proporcionar cobertura institucional a un cierre que ya se había resuelto internamente.

Si esto fuera cierto, implicaría algo incómodo sobre la forma en que las instituciones científicas y de inteligencia manejan las anomalías: no las eliminan cuando los datos las refutan, sino cuando se vuelven políticamente inconvenientes.

Hay un tercer ángulo que los archivos sugieren sin resolver. En los documentos internos de la DIA — los memorandos de evaluación operacional, no los informes destinados al Congreso — aparece con frecuencia inusual una distinción que los analistas hacen entre «visores de alto rendimiento» y el resto. La distribución de capacidades dentro del programa no era uniforme: un pequeño número de sujetos producía la mayoría de los resultados estadísticamente significativos. Esta distribución irregular podría sugerir que lo que el programa estaba midiendo no era una capacidad humana general sino algo más específico — una variación individual cuya naturaleza los investigadores nunca llegaron a caracterizar.

Veintitrés años de investigación federal. Veinte millones de dólares. Dos evaluadores independientes que concuerdan en que el efecto estadístico es real. Un archivo parcialmente desclasificado cuyos documentos más sensibles siguen sin ver la luz. Y una comunidad de inteligencia que cerró el programa con el lenguaje cuidadosamente elegido de quien no quiere comprometerse con ninguna afirmación definitiva en ninguna dirección.

Lo que queda, cuando retiras el ruido conspirativo por un lado y el descarte reflexivo por el otro, es una pregunta que los datos no resuelven: si los resultados del Proyecto Stargate no eran suficientemente buenos para justificar el programa, ¿por qué tardaron veintitrés años en cerrarlo, y por qué la mitad del archivo todavía no es pública?