Dos de cada tres personas normales llegaron hasta el final. Pulsaron el último interruptor, el marcado con 450 voltios y la etiqueta “XXX: peligro extremo”, convencidas de que al otro lado del muro un hombre de mediana edad estaba muerto o agonizando. No eran sádicos. Eran oficinistas, obreros, maestros, gente común que aceptó 4,50 dólares por participar en un estudio de memoria en Yale.
La única presión que recibieron fue verbal: “Continúe, por favor. El experimento lo requiere.” Nada más. Sin amenazas, sin armas, sin castigos. Solo la presencia de un investigador con bata gris que insistía con cortesía mientras el generador marcaba descargas que iban de 15 a 450 voltios.
El hombre que diseñó aquello se llamaba Stanley Milgram, y quería entender cómo fue posible que millones de personas participaran en el Holocausto sin ser monstruos.
En 1961, Adolf Eichmann estaba siendo juzgado en Jerusalén. No era un psicópata: era un burócrata eficiente que organizaba trenes. Milgram, un joven psicólogo de Yale, propuso una pregunta incómoda: ¿cuánta gente obedecería una orden claramente destructiva si la diera una autoridad legítima?
Diseñó un escenario impecable. El participante creía ser el “maestro” que enseñaba pares de palabras a un “alumno” (en realidad un actor) atado a una silla en otra habitación. Cada error significaba una descarga mayor. El generador, que no producía electricidad real, tenía un panel imponente con luces y etiquetas de advertencia. A los 300 voltios, el alumno golpeaba la pared y dejaba de responder. A partir de ahí, el experimento pedía continuar con un hombre que parecía inconsciente.
El resultado, publicado en 1963, sacudió a la psicología: el 65% de los participantes llegó a los 450 voltios.
Milgram no lo había previsto. Consultó a estudiantes de psiquiatría de Yale antes de empezar, y predijeron que solo el 1.2% llegaría tan lejos. Nadie creía que la gente común fuera capaz de tanto.
La cifra del 65% esconde algo más inquietante que la obediencia: el sufrimiento visible de quienes obedecían. Muchos temblaban, sudaban, se reían nerviosos o suplicaban que los dejaran parar, pero seguían. No porque disfrutaran, sino porque no encontraban cómo decir que no sin romper un trato implícito con la autoridad.
No fueron monstruos: fueron personas comunes que no encontraron las palabras para decir “no” a un hombre con bata de laboratorio.
Milgram varió el escenario para entender qué cambiaba. Cuando el investigador daba órdenes por teléfono, la obediencia caía al 20.5%. Cuando el participante debía sostener físicamente la mano del alumno sobre la placa, caía al 30%. Pero cuando dos investigadores daban órdenes contradictorias — uno decía continuar, otro detenerse — casi todos se detenían. La disidencia de un solo par bastaba para romper el hechizo.
El factor decisivo no era la personalidad: era la situación. La bata blanca, el prestigio de Yale, la escalada gradual (de 15 en 15 voltios) y la dificultad de retractarse sin parecer grosero. La obediencia no fue un acto de maldad, sino un colapso del juicio moral ante la presión de un rol.
Las críticas no tardaron. En 1964, el psicólogo Diana Baumrind denunció el trauma de los participantes, y el escándalo contribuyó a la creación de los comités de ética modernos. Pero la pregunta de Milgram nunca dejó de perseguirnos.
En 2009, el psicólogo Jerry Burger replicó el experimento en Santa Clara University con salvaguardas éticas estrictas (límite de 150 voltios y detección de participantes estresados). Los resultados: un 70% de obediencia, consistente con Milgram.
En 2017, el polaco Dariusz Doliński repitió el diseño con una variante clave: en vez de descargas eléctricas, el participante debía enviar insultos verbales hirientes a un actor que fingía sufrir. La obediencia alcanzó el 90%. Doliński concluyó que la crueldad no requiere ni siquiera la excusa de la ciencia: basta la estructura de autoridad.
El neurocientífico Emile Bruneau, en un artículo de 2015, propuso una lectura complementaria: la obediencia extrema no es solo un fenómeno social, sino una estrategia de reducción de responsabilidad. Al delegar la decisión, el individuo se libera de la carga moral del acto.
Una lectura alternativa — defendida entre otros por el historiador Christopher Browning en su análisis de los batallones de exterminio alemanes — sugiere que la obediencia no explica todo: la presión de pares, la ideología y la deshumanización progresiva de la víctima juegan papeles al menos tan importantes. El experimento de Milgram, en esta lectura, sería una metáfora poderosa pero incompleta.
Otra hipótesis marginal apunta a que el 65% podría no medir obediencia sino desconexión: muchos participantes, al no ver sangre ni heridas reales, pudieron racionalizar que “algo no andaba bien” pero que, si fuera real, alguien intervendría. Si esto fuera cierto, implicaría que la obediencia extrema depende más de la ambigüedad de la situación que de la autoridad misma.
Hoy, el experimento de Milgram se enseña en todas las facultades de psicología. Pero casi nunca se hace la pregunta incómoda que Milgram se hacía a sí mismo: si mañana te pidieran, con la misma cortesía y la misma bata, que apliques una descarga más — y luego otra — ¿cuántos voltios necesitarías para encontrar la palabra “no”?



